Tres artículos publicados en catalán en la revista Dialogal

(1) Cuestión de Visibilidad

(2) ¿Sufismo Pacifista?

(3) ¿De cuando el Islam ha sido puritano?





Cuestión de visibilidad



Recientemente, han inaugurado la mezquita más grande de Alemania. Y, en Chechenia, la más grande de Europa. Por otra parte, en Sevilla, tras años de promesas, han denegado finalmente la cesión de suelo público para la construcción de una gran mezquita. ¿Es una buena noticia para los musulmanes la construcción de una gran mezquita y mala la prohibición de que se haga?

No todos los musulmanes están de acuerdo.
En primer lugar, hay quien opina que mientras mayores sean las mezquitas más fáciles son de controlar los musulmanes, y no hablo de supuestas células de al-Qaida sino de los incontables “sinpapeles” que malviven entre nosotros. El negacionismo de la presencia islámica del gobierno de Aznar, su rechazo a legalizar mezquitas, contribuyó decisivamente a la atomización de las mezquitas ilegales por el suelo nacional. El Shaytân nunca sabe qué es lo peor para el Islam.

En segundo lugar, las grandes mezquitas obedecen a la lógica de la eclesialización del Islam que desde luego no interesa a los musulmanes conversos, la mayor parte de los cuales han abandonado el cristianismo por huir de la Iglesia. Grandes mezquitas, es decir, importantes autoridades eclesiásticas, es decir, discursos fácilmente controlables por el que paga. Pequeñas mezquitas, es decir, liderazgo natural de los más íntimos a Allâh, es decir, discursos políticamente incontrolables. Donde no hay sueldo de
imâm manda Allâh.

En tercer lugar, una “gran mezquita” como la de Sevilla, por ejemplo, iba a ser financiada por el mismo emirato que construyó la del Albayzín de Granada, un estado que lapida todas las semanas a adúlteros, homosexuales y apóstatas. ¿Por qué se permite en nuestra tierra que planten bases operativas este tipo de países con sharias inhumanas? La mayoría de estas grandes mezquitas, en realidad, son financiadas por el wahhabismo, aunque también el gobierno sirio está detrás de muchas de ellas. (Por cierto, que alguna vez alguien tendrá que pensar qué alcance pueden tener estas ingerencias extranjeras en nuestro territorio nacional). Muchos musulmanes dicen que el wahhabismo es en el Islam lo más parecido a lo que en el cuerpo humano es el cáncer. No sólo por la interpretación inhumana que hace del Islam de Muhammad, que funciona a modo de tumor destruyendo el cuerpo sano de la
umma y haciendo el Islam aborrecible a los no musulmanes, sino porque, en definitiva, los estados wahhabíes son aliados de los principales países capitalistas del mundo occidental.

Pero también hay musulmanes que dicen que dejemos que estas mezquitas wahhabíes se extiendan por toda la tierra; que el petróleo no durará siempre, pero las mezquitas sí. Que con el paso de los siglos el ideario wahhabi de estas mezquitas sucumbirá a la sensatez islámica general. Y que, por eso, el wahhabismo va a resultar ser la estrategia más inteligente de expansión del Islam... Y todo esto me lleva a una pregunta: Para una mejor expansión del Islam, la visibilidad… ¿Es un objetivo o un obstáculo?




¿Sufismo pacifista?


Existen en nuestros días algunas formas de sufismo que se presentan a sí mismas con un semblante pacifista. No nos compete dudar de las intenciones de nadie. Sí nos compete recordar al que no sabe lo que no sabe. En este caso vamos a tratar de mostrar hasta qué punto los sufíes siempre fueron gente de yihâd, como el profeta Muhammad.

Si repasamos la historia, vemos que han participado activamente en
yihâd la Naqshbandîya, la Tiyyanîya, la Shadilîya, la Darqawîya, la Sammanîya, la Shattarîya, la Salihîya, la Sanusîya, la Qadirîya, la Qadirîya wa Naqshandîya, la Madarîya, los Ahl-i Hadiz, la Tariqa-i Muhammadiya, la Nadwat al-ulma… En realidad, puede afirmarse que donde haya habido un sheij ha habido resistencia activa contra la opresión y la injusticia: Chechenia, Argelia, Mauritania, Senegal, Egipto, Somalia, Sudán, Libia, Bosnia, Pakistán, Kosovo, Cachemira, Mali, Guinea, Marruecos, Túnez, Yemen, China, Nigeria, Bengala, El Punjab, Yidda, Borneo, Java, Sumatra…

¿Quiénes, si no los sufíes, han sido los que se han enfrentado hasta ahora en
dar al-islam con los ejércitos invasores? ¿A quiénes persiguen y condenan a muerte los gobiernos tiránicos que se fingen islámicos sino a los sufíes? ¿Cómo, entonces, puede hablarse de sufismo sin hablar de ÿihâd? ¿Es que el Sufismo tiene ya superado su pasado? ¿O, tal vez, hoy día no es políticamente correcto mencionar el yihâd y menos aún en ambientes de diálogo interreligioso?

Sin
yihâd no hay Sufismo porque sin yihâd no hay Islam. Sin yihâd el Islam es Nueva Era. Se disfraza el Islam de Muhammad de pacifismo para formar parte del Mercado de lo espiritual. ¿Qué clase de nuevo producto se está intentando vender a quién y para qué? ¿Para salvar una parte del Islam del naufragio que supone que lo asociemos mentalmente con el terrorismo? “Ya que el Islam está condenado por la Historia, salvemos al menos su mística”. Pretender salvar una parte del Islam es dar la razón a los que condenan el resto. ¡Cuántas veces hemos oído decir: “A mí el Islam no me gusta; me gusta el Sufismo”! Pero… ¿qué se creen que es el Islam: las lapidaciones, el burka, el 11-S?

Para los que aún lo duden, ni el Sufismo ni el Islam -al que el Sufismo pertenece- son terroristas. En todos los casos arriba mencionados, los musulmanes fueron objeto de una invasión, y ayer -como hoy- muchos de los sufíes se cuentan entre los musulmanes más generosos a la hora de dar sus vidas para evitar el abuso contra los derechos humanos y la opresión de unos pueblos sobre otros.




¿De cuándo el Islam ha sido puritano?


Narraba Abulfeda, biógrafo tardío de Muhammad, que el Profeta tenía la capacidad eugenésica de cuarenta hombres y que podía satisfacer a once mujeres en una hora. En nuestra forma de concebir las relaciones con Dios, este dato, lejos de ser irrelevante, se nos presenta como un signo a desvelar. Todo aquel que siga pensando que el Islam es una religión como cualquiera de las que conocemos se asombrará al saber que la persona de mayor “santidad” de un determinado momento histórico, ésa sobre cuyas espaldas descansa el peso de la existencia, el llamado
qutb, tiene como una de sus características inequívocas un insaciable apetito sexual, como puede leer en el tratado sufí del siglo XVIII que acaba de caer en mis manos.

El Profeta era el
qutb de su tiempo. Y hablaba de sexo con la misma naturalidad con la que lo practicaba. Por ejemplo, hay un hadiz que recoge Sahih al-Bujârî (libro 67, capítulo 31), en el que se dice: “Cualquier hombre y mujer que se pongan de acuerdo pueden mantener sus relaciones sexuales tres noches. Si después quieren seguir más tiempo juntos, que sigan; y si quieren dejarlo, que lo dejen”. En el Islam, el contrato de matrimonio se conoce como ´ahd an-nikâh, que literalmente significa “pacto de coito”, o quizás, más exactamente, “pacto de penetración”. La identidad lingüística en árabe entre el acto sexual (nikâh) y el hecho de casarse (nikâh) dificulta el discurso puritano en el Islam. El matrimonio en el islam no es un sacramento. Es un contrato que enmarca en el orden social las relaciones sexuales.

No niego que haya musulmanes, sobre todo conversos, que se escandalizen de lo que llevo dicho hasta ahora; son los mismos que tienden que saltarse en sus lecturas los pasajes de hadices que hablan de la potencia sexual de los hombres del Jardín y de su afición por el sexo. Pongamos por caso aquel en el que se nos cuenta: “Dijo el Profeta: en el Paraíso hay un zoco (…) si alguno desea tener relaciones sexuales con una mujer (de las que allí hay), las tiene al instante y si las desea mantener con su esposa, ésta sube hasta allí a su presencia”. O, ese otro hadiz: “Dijo el Profeta: (A cada morador del Paraíso) se le dará la fuerza de cien hombres jóvenes para realizar el coito y tener apetencia sexual. Permanecerá copulando durante un período de cuarenta años; y cada día desflorará a cien vírgenes de las huríes”.

Cuando a Abdallâh ibn ‘Abbâs, considerado el padre de la exégesis coránica (muerto en el 68 d.H.), le preguntaron qué entendía en el pasaje del Corán que dice “Ese día los moradores del Jardín tendrán una ocupación feliz” (36:55), contestó sin dudarlo: “desflorar a las vírgenes y a las doncellas inmaculadas”. ¿En qué otro Libro Sagrado más que en el Corán –o tal vez en alguno de la tradición tántrica- podrían ser descritas nuestras compañeras celestiales como
mujeres “de senos turgentes” (78:33). Por eso ha habido musulmanes sin educación que, deseosos de afrentar a los cristianos, les han llegado a decir: “Nuestro Paraíso es más material que vuestra tierra”.

Vimos en el número anterior cómo se habla en la tradición islámica de la sexualidad del profeta Muhammad, cómo él mismo se refería a la importancia de la sexualidad en el Islam, así como algunas de las referencias a la satisfacción sexual en “la otra vida” de que gozará la gente del Jardín.

Y si nos vamos a los “santos” y las “santas” del Islam, la tónica no cambia. La imagen con la que Man
sûr al-Hallâÿ describía la plenitud de la conciencia era como la de un encuentro erótico con su Sustentador (Rabb): “Nuestras conciencias son una única virgen donde sólo el aliento de la Realidad penetra”… Y ¿cómo hacer referencia a la virginidad de nuestra conciencia penetrada por el aliento del Rahmân sin que nos venga a la mente ese Ÿibrîl que fuerza a María a quedarse embarazada de Jesús? Ÿibrîl, del verbo árabe ÿabara “forzar”, de la misma familia léxica que da en hebreo Gibborim, el nombre de esos gigantes poderosos, sexualmente insaciables de la Biblia? El gibor en hebreo es la potencia sexual, y el sentido material de esta raíz trilítera no puede ser ignorado cuando decimos que uno de los nombres de Allâh es el Ÿäbbar.

Tampoco es que fuera precisamente para mojigatos el símil que en determinado momento de su
Mashnavi usa Rûmî para ejemplificar cómo no podían imitarse sin más las prácticas de los íntimos de Allâh en su Vía: Una señora que ve a su criada ir al establo de la casa a mitad de la noche y, extrañándose, la sigue. Allí, ve que la criada se pone a cuatro patas bajo el buey, le coloca la calazaba en el sexo de modo que sólo asome la punta del miembro, y se deja hacer por el animal lo propio. Pero la señora no ve toda la escena, sino sólo lo más impactante de la misma; en resumen, no ve la calabaza. Al día siguiente manda a la criada a unos recados que le iban a ocupar todo el día. La criada sospecha que su ama la haya visto y quiera probar el goce con el animal, pero no puede decirle que el secreto del éxito de la experiencia está en la calabaza. Efectivamente, a su vuelta, el ama, que se ha atrevido a hacer lo mismo, yace reventada a los pies del animal…

… ¡Un buey que fornica con una criada! Vaya, parece que hay un “otro Rûmî” diferente a ése del que nos hablan los sufíes de Nueva Era… Y ¿dónde dejamos a la íntima de Allâh Lal-la Nfissa, que regalaba penes nuevos a los hombres con problemas sexuales que iban a visitarla, y a esas otras muchas íntimas de Allâh, que transmitían la
baraka violando a los hombres?

Sorprende sobremanera que haya medios de comunicación que se refieran al Islam como si se tratara de una involución en la capacidad del ser humano de gozar su sexualidad. Cuando la verdad es que, si no fuera una falta de cortesía con el Corán, podría decirse que no hubiera estado de más que en alguna de las primeras revelaciones hubiera descendido un versículo que dijera: “Mojigatos, absténganse”.